Una ciudad puede tener grandes avenidas, modernos edificios, centros comerciales y nuevas infraestructuras. Pero si una persona en silla de ruedas no puede desplazarse por sus aceras, si un envejeciente debe bajar a la calle porque encuentra obstáculos en su camino o si una persona con discapacidad visual no puede transitar con seguridad, todavía tenemos una ciudad que no funciona para todos.

La accesibilidad continúa siendo uno de esos temas que República Dominicana conoce, reconoce y discute, pero que muchas veces no logra convertir plenamente en una realidad cotidiana.

Basta caminar por nuestras ciudades para comprobarlo.

Aceras deterioradas o demasiado estrechas. Vehículos estacionados sobre ellas. Postes colocados en medio del paso peatonal. Rampas inexistentes o construidas con pendientes que dificultan su utilización. Negocios a los que solo se puede entrar subiendo escalones. Cruces peligrosos y espacios públicos diseñados sin considerar suficientemente a quienes tienen movilidad reducida.

Para muchas personas son simples obstáculos.

Para otras pueden significar no poder salir solas de casa.

Accesibilidad no es un favor

Existe una idea que debemos superar.

Construir una rampa, garantizar un acceso adecuado o adaptar un espacio público no constituye un gesto de generosidad hacia las personas con discapacidad.

Es garantizar un derecho.

Una persona que utiliza una silla de ruedas tiene el mismo derecho a entrar a un establecimiento que cualquier otro ciudadano.

Una persona ciega tiene derecho a desplazarse con seguridad.

Un envejeciente tiene derecho a caminar por una acera sin tener que bajar al tránsito vehicular porque un automóvil bloqueó el paso.

Una madre o un padre empujando un coche de bebé también necesita una ciudad accesible.

Por eso este problema va mucho más allá de las personas con discapacidad.

En algún momento prácticamente todos necesitaremos una ciudad que facilite nuestra movilidad.

El problema está frente a nosotros

No necesitamos realizar grandes investigaciones para encontrar las barreras.

Están a la vista.

Están en la acera ocupada por un vehículo.

En el comercio cuya única entrada tiene varios escalones.

En la rampa construida únicamente para cumplir un requisito, pero que en la práctica resulta difícil de utilizar.

En las calles donde el peatón parece ocupar el último lugar de la planificación.

También están en edificios públicos.

Y esa realidad debería preocuparnos especialmente.

Porque resulta contradictorio exigir inclusión mientras algunas instituciones destinadas a servir a todos los ciudadanos todavía presentan dificultades de acceso.

Las aceras también son parte de la ciudad

Durante años hemos pensado nuestras ciudades principalmente desde la perspectiva del automóvil.

Más vías.

Más estacionamientos.

Más pasos para vehículos.

Pero una ciudad también debe poder caminarse.

La acera no es una extensión del estacionamiento de un negocio.

No es el lugar para abandonar motocicletas.

No es un espacio que cada propietario puede modificar sin considerar a quienes transitan por ella.

La acera es infraestructura pública para el peatón.

Recuperarla debería formar parte de cualquier política seria de movilidad urbana.

Una responsabilidad compartida

Las alcaldías tienen una responsabilidad fundamental.

También las instituciones encargadas de planificación, construcción y fiscalización.

Pero los ciudadanos y los comercios tenemos nuestra parte.

De poco sirve construir una rampa si después alguien estaciona un vehículo frente a ella.

De poco sirve rehabilitar una acera si posteriormente es ocupada por mercancías, motocicletas o mesas que impiden el paso.

La inclusión también requiere educación y respeto.

No todo se resuelve con cemento.

Diseñar pensando en todos

República Dominicana continúa desarrollándose.

Nuestras ciudades cambian.

Se construyen nuevas torres, plazas, parques, estaciones, hospitales, escuelas y proyectos residenciales.

Eso representa una oportunidad.

Cada nueva obra debería preguntarse desde su diseño:

¿Puede entrar una persona en silla de ruedas?

¿Puede desplazarse alguien con discapacidad visual?

¿Puede utilizarla con seguridad un envejeciente?

¿Puede una familia caminar por ese espacio sin tener que competir permanentemente con los vehículos?

Si la respuesta es no, algo está faltando.

La verdadera modernidad

Nos gusta hablar de ciudades inteligentes y modernas.

Y debemos aspirar a ellas.

Pero una ciudad inteligente no comienza necesariamente con sensores, aplicaciones o grandes proyectos tecnológicos.

Comienza cuando entiende para quién está siendo construida.

Una ciudad verdaderamente moderna es aquella en la que un ciudadano puede moverse con dignidad independientemente de su edad o condición física.

Porque la inclusión no debería comenzar cuando una persona llega a la puerta de una institución.

Debe comenzar desde que sale de su casa.

República Dominicana necesita ciudades más ordenadas, caminables y accesibles.

No solamente porque lo establezcan las normas.

Sino porque algún día cualquiera de nosotros puede necesitar esa rampa, esa acera despejada o ese acceso que hoy creemos que fue construido para otra persona.

La verdadera modernidad de una ciudad no se mide únicamente por la altura de sus edificios ni por la cantidad de vehículos que circulan por sus avenidas.

También se mide por algo mucho más sencillo: que nadie tenga que quedarse en casa porque la ciudad olvidó construirle un camino.