101,743.

No son llamadas por atracos.

No son accidentes.

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No son incendios.

Son reportes por ruido recibidos por el Sistema 911 en Santo Domingo entre enero y el 23 de septiembre de este año.

Un promedio de 382 denuncias cada día.

Y hay una pregunta inevitable:

¿En qué momento poder dormir tranquilamente en tu propia casa se convirtió en una emergencia?

El problema no es la música

A los dominicanos nos gusta celebrar.

La música forma parte de nuestra cultura.

El problema comienza cuando para que una persona se divierta otras cien tienen que permanecer despiertas.

Una bocina colocada frente a una casa puede convertir la madrugada de todo un sector en una pesadilla.

Un colmadón puede decidir cuándo duerme una calle completa.

Un vehículo con música a niveles extremos puede despertar edificios enteros.

Y todavía aparece alguien diciendo:

“Déjalo, que está gozando”.

¿Y el que quiere dormir?

¿No tiene derechos?

Ya superamos todo 2025

El dato resulta todavía más preocupante.

Durante todo 2025 el 911 recibió alrededor de 100,000 reportes por contaminación sónica en Santo Domingo.

En 2026 ya habíamos superado esa cantidad antes de terminar septiembre.

Algo no está funcionando.

Porque si una persona llama hoy por el mismo negocio que denunció ayer y probablemente tendrá que llamar nuevamente mañana, entonces el problema no es solamente recibir la denuncia.

Es lo que ocurre después.

El 911 debería estar atendiendo emergencias

Hay algo absurdo en todo esto.

Un sistema creado para atender emergencias está recibiendo cientos de llamadas diarias porque alguien decidió que su música tiene más derechos que todo un vecindario.

Ese volumen de reportes también obliga al sistema y a las autoridades a dedicar recursos de respuesta a una situación que, en muchos casos, podría evitarse con respeto a las normas de convivencia.

Estamos utilizando recursos públicos para resolver algo que muchas veces podría evitarse simplemente respetando al vecino.

El ruido también enferma

Dormir mal no es una simple molestia.

El descanso afecta nuestra salud, concentración, rendimiento laboral y estado de ánimo.

Hay niños que necesitan dormir para ir a la escuela.

Adultos mayores.

Personas enfermas.

Trabajadores que tienen que levantarse a las cinco de la mañana.

Bebés.

Personas que simplemente tienen derecho a descansar.

No debería ser necesario explicar todo eso para pedir que bajen una bocina.

No puede ser una guerra entre vecinos

También existe otro peligro.

El ruido genera conflictos.

Una persona reclama.

La otra responde.

Comienza una discusión.

Aparecen amenazas.

Y una situación que empezó con música puede terminar en violencia.

Por eso controlar la contaminación sónica también es seguridad ciudadana.

No se trata solamente de decibeles.

Se trata de convivencia.

El que reincide debe encontrar consecuencias

La autoridad no puede limitarse eternamente a llegar, pedir que bajen la música y marcharse.

Cuando existe reincidencia tienen que existir consecuencias reales dentro de la ley.

Especialmente cuando se trata de establecimientos comerciales que convierten la contaminación sónica en parte habitual de su operación.

Las reglas deben ser claras.

La fiscalización debe funcionar.

Y las sanciones deben tener suficiente peso para evitar que resulte más conveniente pagar una multa y continuar haciendo exactamente lo mismo.

Tu diversión termina donde comienza el descanso del otro

No necesitamos convertir Santo Domingo en una ciudad silenciosa.

Eso tampoco somos nosotros.

Podemos bailar.

Celebrar.

Escuchar música.

Hacer fiestas.

Pero convivir significa entender que compartimos espacios.

Que vivimos rodeados de otras personas.

Y que nuestros derechos terminan donde comienzan los del vecino.

Más de cien mil llamadas al 911 por ruido deberían avergonzarnos.

Porque detrás de esa cifra hay miles de personas diciendo algo extraordinariamente sencillo:

“Déjenme dormir”.

Y una sociedad no debería necesitar llamar a emergencias para conseguir algo tan básico.