Hoy vemos el llanto de una madre porque su hija ya no está. Y ese dolor merece respeto. Pero el caso de Josnely también nos obliga a decir algo incómodo: a nuestros hijos no podemos comenzar a buscarlos cuando aparecen como desaparecidos. Tenemos que buscarlos mientras están vivos, saber dónde están, con quién andan y qué está ocurriendo en sus vidas.

Josnely tenía 13 años.

Trece.

LA ISLA AHORA

SIGUE LEYENDO GRATIS

Suscríbete gratis para continuar leyendo y recibir las noticias más importantes, directas y sin rodeos.

Y mientras el país intenta comprender cómo una niña terminó muerta después de varios días fuera de su entorno habitual, empiezan a conocerse detalles que deberían estremecernos tanto como el desenlace.

Su madre reconoció públicamente que la adolescente se trasladaba con frecuencia hasta Puerto Plata y que había recibido advertencias sobre algunas de sus compañías.

También habló de una alerta relacionada con la posibilidad de que una amiga estuviera poniéndola en contacto con hombres.

La madre afirmó que conversó con su hija sobre esos señalamientos y que no tenía conocimiento de que existieran encuentros sexuales a cambio de dinero.

Eso debe respetarse.

No existe confirmación oficial de que Josnely estuviera siendo explotada sexualmente.

Pero aquí aparece una pregunta que, como padres, no podemos evitar:

¿Cuántas señales necesitamos para intervenir cuando una niña de 13 años podría estar en peligro?

Trece años no son edad para andar de comunidad en comunidad sin supervisión

Una adolescente puede rebelarse.

Puede escaparse.

Puede mentir.

Puede enamorarse.

Puede tener amistades que sus padres desaprueben.

Puede sentirse adulta.

Todo eso puede ocurrir durante una etapa complicada de la vida.

Pero precisamente por eso los menores necesitan adultos presentes.

Para poner límites.

Para preguntar.

Para supervisar.

Para aparecer cuando el hijo no quiere que aparezcan.

Para buscarlo cuando no está donde dijo que estaría.

Para decir que no.

Y, si es necesario, para convertirse durante un tiempo en «el malo de la película».

Porque un hijo puede molestarse hoy porque usted no lo dejó salir.

Es preferible soportar ese enojo que lamentar una tragedia mañana.

¿Dónde estaban los adultos?

Esta es la pregunta que me persigue en este caso.

No solamente dónde estaba la madre.

¿Dónde estaba el padre?

¿Dónde estaban los familiares?

Según las informaciones conocidas, Josnely residía con una tía en Navarrete. Eso obliga a ampliar las preguntas sobre quién tenía a su cargo la supervisión cotidiana de la adolescente, qué acuerdos existían entre sus familiares y qué medidas de protección se habían intentado.

¿Quién sabía que se trasladaba entre Navarrete y localidades de Puerto Plata?

¿Quién sabía con quién andaba?

¿Quién preguntó dónde dormiría?

¿Quién conocía a los adultos con quienes eventualmente tenía contacto?

Estas preguntas no prueban negligencia de una persona determinada. Para atribuir responsabilidades concretas hay que conocer hechos, circunstancias y actuaciones que todavía no están esclarecidos.

Pero estamos hablando de una niña.

No de una mujer de 25 años tomando decisiones sobre su propia vida.

Una niña de 13 años no puede cargar sola con la responsabilidad de protegerse de un mundo de adultos.

Si había advertencias sobre hombres, había que encender todas las alarmas

Este punto tenemos que tratarlo con responsabilidad.

No sabemos si esos señalamientos eran ciertos.

No existe confirmación oficial de que Josnely estuviera siendo explotada sexualmente.

Por tanto, no debemos repetirlo como un hecho.

Su madre reconoció haber recibido una advertencia y dijo que había hablado con su hija sobre ella.

No sabemos qué otras medidas se tomaron o dejaron de tomar.

La reflexión que deja el caso es más amplia: cuando una alerta involucra a una niña de 13 años y posibles contactos de riesgo con adultos, no basta con quitarle importancia.

Se pregunta.

Se supervisa.

Se busca ayuda.

Se habla con la escuela.

Se acude a las instituciones de protección si la situación se sale de las manos.

Porque si un adulto paga, manipula o utiliza sexualmente a una niña de 13 años, no estamos ante una niña «trabajando».

Estamos ante una menor que necesita protección y una conducta de adultos que debe investigarse.

Ser padre no termina cuando el hijo se vuelve difícil

Criar al niño pequeño es una cosa.

Criar al adolescente que desafía las reglas es otra.

Ahí es donde la responsabilidad parental se vuelve incómoda.

Hay que revisar.

Hay que preguntar.

Hay que buscar.

Hay que escuchar.

Hay que establecer límites.

Y algunas veces hay que pedir ayuda porque los padres solos no pueden.

Lo que no podemos hacer es rendirnos.

«No me hace caso» no puede ser el final de la conversación cuando estamos hablando de un menor.

Si usted no puede manejar una situación de riesgo, busque ayuda.

Familia.

Escuela.

Profesionales de salud mental.

CONANI.

Ministerio Público.

Autoridades competentes.

Pero haga algo.

También fallamos como sociedad

Sería sencillo escribir este editorial y señalar únicamente a una madre.

No.

Aquí hay demasiadas preguntas sobre los adultos que rodeaban a una niña para reducir toda la discusión a una sola persona.

Padres.

Cuidadores.

Familiares.

Comunidad.

Y un Estado que posee un sistema nacional de protección de niños, niñas y adolescentes.

Si existen señales de vulnerabilidad, los adultos deben tomarlas en serio y activar las vías de ayuda disponibles.

Si una niña de 13 años se desplaza constantemente sin supervisión efectiva, alguien tiene que preguntar qué está pasando.

Y si existió alguna forma de explotación sexual —algo que todavía debe investigarse—, corresponde identificar a los posibles adultos responsables, no culpar a la niña.

Las señales de alerta deben atenderse antes de la tragedia

Cuando desaparece un hijo, aparecen familiares, vecinos, policías, rescatistas, periodistas y voluntarios.

Todo un pueblo comienza a buscar.

Y cuando llega la noticia más dolorosa, llegan los gritos.

El desconsuelo.

La desesperación.

Nadie tiene derecho a burlarse de ese dolor.

Perder un hijo debe ser uno de los sufrimientos más terribles que puede experimentar un ser humano.

Pero precisamente por respeto a ese dolor debemos aprender algo.

A nuestros hijos tenemos que buscarlos antes de que desaparezcan.

Buscarlos cuando llegan tarde.

Buscarlos cuando cambian repentinamente de comportamiento.

Buscarlos cuando comienzan a frecuentar personas que no conocemos.

Buscarlos cuando alguien nos advierte que algo extraño está ocurriendo.

Buscarlos aunque se enojen.

Aunque nos digan intensos.

Aunque nos cierren la puerta.

Aunque nos digan que ya son grandes.

Porque mientras sean menores, siguen necesitando cuidado y orientación.

A Josnely ya no podemos protegerla

Ahora la justicia tendrá que esclarecer las circunstancias de la muerte de Josnely y determinar las responsabilidades penales que correspondan.

Pero nosotros tenemos otra responsabilidad.

Mirar nuestras propias casas.

Preguntar dónde están nuestros hijos.

Conocer a sus amigos.

Prestar atención a sus relaciones y escuchar las advertencias.

No normalizar que un menor permanezca fuera de nuestro cuidado durante días simplemente porque «siempre hace lo mismo».

Y entender algo fundamental:

Una niña de 13 años puede creer que es adulta.

Los adultos responsables de ella no pueden olvidarse de que sigue siendo una niña.

Hoy buscamos explicaciones para la muerte de Josnely.

Pero quizás la enseñanza más dolorosa sea esta:

A los hijos no hay que comenzar a buscarlos cuando desaparecen.

Hay que estar presentes mientras todavía están aquí.