El asalto sufrido por Kenny Grullón vuelve a colocar sobre la mesa una discusión que no puede reducirse a estadísticas: la diferencia entre que bajen determinados indicadores delictivos y que la gente realmente se sienta segura.

Lo ocurrido al actor y humorista dominicano Kenny Grullón estremece no solamente porque se trata de una figura conocida y querida por varias generaciones, sino por el lugar donde ocurrió: su propia casa.

Según relató su hijo Javier Grullón, un hombre armado con un cuchillo penetró a la residencia del artista en la Zona Universitaria, lo amenazó, lo lanzó al piso, lo amarró y lo amordazó mientras otros integrantes de la familia permanecían dentro de las habitaciones. El atacante sustrajo un teléfono celular y otras pertenencias.

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Afortunadamente, Kenny y su familia están a salvo. La familia informó que hubo pérdidas materiales y lesiones físicas menores, pero también dejó claro algo que muchas veces las estadísticas no pueden medir: el impacto emocional de sentir que alguien violentó el espacio donde suponías estar protegido.

Y ahí está el verdadero tema.

Una cosa son los números y otra el miedo

Las autoridades pueden presentar estadísticas sobre homicidios, robos, atracos y otros delitos. Esos datos son indispensables para evaluar objetivamente la seguridad ciudadana.

Pero existe otro indicador mucho más difícil de medir: la sensación de seguridad de la población.

Porque una persona puede escuchar que determinado delito disminuyó y, al mismo tiempo, colocar más verjas, cámaras, alarmas y cerraduras en su vivienda.

Puede saber que las estadísticas mejoraron y todavía mirar varias veces por el retrovisor antes de desmontarse de su vehículo.

Y puede escuchar que hay mayor patrullaje mientras continúa preguntándose si estará seguro cuando llegue a su casa.

El caso de Kenny Grullón no demuestra por sí solo que la delincuencia haya aumentado. Sería irresponsable utilizar una experiencia individual para sacar esa conclusión.

Pero sí sirve para recordar algo fundamental: la seguridad no solamente debe existir en las estadísticas; también tiene que sentirse en la calle y dentro de los hogares.

Cuando el delincuente cruza la puerta

Un robo en la calle provoca miedo.

Pero cuando alguien entra a una vivienda, amenaza a una persona con un arma blanca, la tira al piso, la amarra y la amordaza, ocurre algo todavía más profundo: desaparece momentáneamente la frontera entre el peligro exterior y el espacio privado.

Javier Grullón resumió esa sensación con una pregunta que probablemente muchos dominicanos se harán después de conocer lo sucedido:

¿Ya uno no puede ni estar tranquilo en su propia casa?

Esa pregunta merece atención.

No porque la víctima sea famosa.

La merece porque lo que le ocurrió a Kenny podría haberle ocurrido a cualquier familia.

También hay que reconocer la respuesta

Hay otro elemento que no debe omitirse.

La propia familia agradeció públicamente la rápida actuación del Sistema 9-1-1, la Policía Nacional y el DICRIM después de realizarse la llamada de emergencia.

La Policía informó que investigadores levantaron evidencias en la residencia y trabajan para establecer las circunstancias del hecho e identificar al responsable. Hasta la mañana de este sábado no se había informado oficialmente de personas detenidas.

Eso también forma parte de la historia.

Reconocer una respuesta rápida de las autoridades no significa ignorar el problema de seguridad. Del mismo modo, exigir mayor seguridad tampoco significa desconocer los avances que puedan reflejar las estadísticas oficiales.

Ambas cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo.

El desafío es que la seguridad se sienta

La seguridad ciudadana no debería evaluarse únicamente por cuántos delitos se registran; también importa cómo percibe la población su seguridad.

También importa cuántas personas sienten que pueden caminar tranquilas por su barrio.

Cuántos comerciantes pueden cerrar sus negocios sin miedo.

Cuántas mujeres pueden regresar a casa sin mirar constantemente detrás de ellas.

Y cuántas familias pueden acostarse pensando que, al cerrar la puerta, dejaron el peligro afuera.

Kenny Grullón tuvo la fortuna de poder contar lo sucedido. Su familia está junta y fuera de peligro.

Pero queda una pregunta que trasciende completamente al artista y que las autoridades deberían escuchar:

Si un ciudadano deja de sentirse seguro incluso dentro de su propia casa, ¿dónde comienza realmente la seguridad?